De gente despreciable y de gente despreciada

Ayer, mientras esperaba la salida del autobus que me llevaría a la ciudad de Toluca (ya estaba a bordo), noté que subió una señora de edad avanzada y de aspecto humilde, al parecer regresaba de hacer algunas compras. Es muy normal que las personas mayores busquen asientos cerca de la puerta para correr menos riesgo al momento de bajarse.

Bueno, el caso es que en la segunda fila de asientos se encontraba un lugar vacío, solo iba un señor de unos 45 años leyendo cómodamente su periodico. La señora se acercó a él y le pidió permiso para que le dejase pasar. El señor se negó argumentando que estaba esperando a otra persona y por lo tanto no podía ocupar el lugar. La señora se sentó entonces junto a mi pero siguió atenta al lugar que desde un principio quería ocupar (lo noté porque me ofrecí a ayudarle con su carga, pero ella amablemente, la rechazó).

Pasaron unos minutos y el chofer cerró la puerta, encendió el motor y comenzamos a avanzar,entonces la señora me dijo: “voy a ver si me dan permiso de sentarme allá” (por supuesto nunca llegó el supuesto acompañante), yo le respondí “si no es posible dígame y yo hablo con aquel señor”. Ella asintió. Estuve atento a lo que iba a pasar, y me quedé estupefacto cuando vi que este señor se dirigía, literalmente bufando, hacia el lugar que había desocupado la anciana, a mi lado.

Evidentemente a este censurado le resultaba repugnante viajar con una señora de edad avanzada y económicamente en desventaja. Por un momento pensé en confrontarlo, pero decidí ignorarlo. Ella ya había ganado sola su propia batalla y de paso me había dado una gran lección de dignidad y perseverancia.